Liderazgo y trabajo en equipo – ¡ Lunes por fin ! – Blog laboral

Liderazgo y trabajo en equipo

 

 

Atravesábamos por un momento delicado. Los incumplimientos a nivel de plazos nos penalizaban, habíamos tenido un problema serio de calidad y el entorno se había enrarecido de forma considerable.

El desplome de la cartera de pedidos se encargaba del resto.

El equipo estaba, como vulgarmente se dice, tocado. Afloraban las dudas y la tristeza invadía el escenario

Aquel grupo se había caracterizado por su buen hacer, además de  muy respetado. Formaban un equipo cohesionado y con un responsable de producción que sabía encajar las diferentes sensibilidades y habilidades de sus componentes.

Pero ahora la situación había cambiado y la negatividad había contaminado aquel buen bloque.

El departamento de ventas trabajaba en un serio, muy serio, proyecto. Ese tipo de proyectos donde hay mucho que perder y, en este caso concreto, muchísimo que ganar.

Tres condicionantes marcaban al mismo:

  • Un plazo muy corto.
  • Un precio de venta  muy ajustado.
  • Una tecnología poco desarrollada por nosotros.

De cara a presentar la oferta final se reunían los diferentes responsables para tomar una terminante decisión.

El sentir general se inclinaba por no presentarse a la subasta. Hubo, incluso, algún desafortunado comentario apoyándose en circunstancias al inicio comentadas.

El departamento de ventas, pese a no estar muy convencido, veía como una oportunidad de cara a introducirse en un mercado hasta entonces controlado por grandes compañías.

En cambio, el responsable de producción era partidario de presentarse a la puja e intentar luchar por conseguir el pedido. Defendió con un especial ardor la necesidad de que aquel proyecto fuera desarrollado por nuestra compañía.

Los dos argumentos donde hizo hincapié fueron el del deterioro de cartera y lo importante que sería penetrar en un nuevo mercado hasta entonces vetado para ellos. Era, además, lo que el departamento de ventas deseaba escuchar. Escondía, el responsable de producción,  algún  razonamiento más   que no quiso revelarlo en aquel foro. Se sentía en débito y podía ser una buena oportunidad para saldarlo.

Tras agotadoras negociaciones, el equipo de ventas consiguió que el proyecto  se convirtiera en el reto más importante de aquella empresa. Un reto para toda la compañía en general y muy en particular para el responsable de producción antes mentado.

Esta persona me tuvo intrigado. No estaba en su mejor momento profesional y era el que más pugnó por aquel proyecto.

No paré de observarle durante el tiempo que duró aquel proceso. Aquellas tardes que se alargaban hasta bien entrada la noche, sólo o acompañado de alguno de sus colaboradores, aquellas miradas al infinito, aquellos “sudores fríos”. Agotadoras reuniones de seguimiento donde intentaba mantener un aspecto de tranquilidad y dominio de la situación… Acompañado, todo ello, de algún que otro silencio intrigante.

Pasado el tiempo, logrado el objetivo y con los ánimos calmados, quise hablar con él y le solicité que me justificara el tesón con el que se empleó para convencer y comprometerse ante el resto de responsables.

Con una tímida sonrisa, característica en él cuando “el viento soplaba a su favor”, me dijo que lo que menos le preocupaba era lo en aquel momento había argumentado.

Su gran preocupación era su equipo, aquellos que, por las circunstancias que antes he comentado, se encontraban tristes, con la autoestima bajo mínimos, heridos en su orgullo, sin fuerzas. Empezaban a desconfiar de ellos y entre ellos.

Temía, también, que terminaran desconfiando de él. Algo común, me dijo,  en este tipo de crisis.

Era el momento y la ocasión perfecta, continuó. Recalcaba que tenía plena confianza en aquellas personas.

El tomar aquel compromiso suponía el factor sorpresa necesario para que entraran en “erupción” aquellos excelentes e íntegros profesionales. Tenía que ilusionarlos y, qué mejor que aquel proyecto, donde jugarían un papel muy importante, casi imprescindible.

Un reto descomunal, algo que les motivaría, algo que les llevaría a entregarse en cuerpo y alma. Sabían que tenían una buena oportunidad. Volverían a sentirse lo que habían sido y su autoestima crecería. Además la confianza entre ellos crecería.

Mi curiosidad aumentaba y quería saber si él creía en llevar a buen puerto aquel reto. Me dijo que tenía serias dudas, pero la fuerza que le imprimía la capacidad de su equipo y la situación delicada del mismo, le llevó a mostrarse de aquella forma. Reconoció que lo fácil hubiera sido abandonar y tomar la senda del abandono. Una actitud mediocre, me dijo.

Este líder hablaba con  humildad, incidía en la confianza, en el factor sorpresa como efecto ilusionante. Se refería a la motivación, a recuperar la  autoestima, a sus preocupaciones sobre el estado de las personas, a la fuerza de su equipo.

Todo esto con un respeto exquisito hacia su equipo.

“Estos jóvenes han hecho que me sienta un tipo afortunado. Son, son muy buenos…”

De esta forma terminó nuestra conversación.

 

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